Las soluciones tienen que venir de una concepción natural y global de la Naturaleza. Es cierto que hubo un tiempo en que el ser humano, en su estadio primitivo, tuvo que luchar con ella para encontrar un lugar en sus valles, montañas, orillas y cavernas. Hoy sucede al contrario. Parece que la Naturaleza ha sido desplazada por el hombre. Entre ambos debería mediar un proceso para recuperar la armonía, ese equilibrio donde las cosas son para el hombre y no el hombre para las cosas. La reciente huida de las grandes ciudades, aunque sea los fines de semana, el creciente deseo de alimentarse de productos no contaminados, la recuperación de pueblos abandonados, son síntomas de una inquietud justificada. En contacto con el paisaje, parece nacer de nuevo aquel hombre que fue cuando en verdad era hombre y no “un-ser-útil-para”, un instrumento más de la tecnópolis. Se restablece así un diálogo genesiaco. Adán vuelve al Paraíso. Eso explica que Antonio Machado dialogara con la Naturaleza:
Se sea o no creyente, la Naturaleza tiene algo de sacro, de inaprensible. Nos inspira y nos abruma, nos redime y nos destruye.
Aunque parezca silencioso, nuestro entorno habla, chilla, se estremece, se está quejando de muchos abusos. Escuchémoslo. No es una llamada general y anónima. Es muy personal, viene dirigida a míen particular como miembro del género humano y responsable del futuro y a toda la comunidad humana, pues como dice un proverbio griego: “Una sociedad crece bien, cuando las personas plantan árboles de cuya sombra saben que nunca disfrutarán”. Porque la Naturaleza nos enseña a salir del ego y disfrutar de nuestra verdadera identidad: el nosotros.
Pedro Miguel Lamet
Escritor y poeta español
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